La escalera colgante

Autora: Ana Isabel Herrera Ochoa

Al emprender una caminata, lo único que tienes seguro es querer disfrutar, sentir la naturaleza, el aire puro, fluir con la paz y del devenir de las enseñanzas que te brinda la montaña. Este domingo pasado no fue la excepción, al llegar a Angelópolis cada una de las personas que íbamos, teníamos sensación latente de querer vivir ese encuentro con la naturaleza alejados de las tareas cotidianas y sobre todo del arduo ruido de la ciudad.

Generalmente cuando sales a caminar o como otros con un poco más de trayectoria, lo hacen llamar “senderismo”. La “dificultad” se encuentra en medio del camino o por lo menos, es lo que se piensa en un inicio; ayer los papeles cambiaron, lo habitual se volcó, la sensación de descubrir lo desconocido generó un poco de temor, la curiosidad salió a flor de piel, las formas de ver los obstáculos se dejaron ver a través del filtro de las oportunidades e hicieron que desde el inicio del trayecto, el reto de la montaña se mostrará con un matiz diferente.

Al llegar, nos esperaba una grandísima quebrada llamada La Javielina, ubicada en el Municipio de Angelópolis en medio de lo que se hace llamar el “Balcón del suroeste antioqueño”. Ese primer encuentro generó en muchos o por lo menos a nivel personal un gran reto físico y mental. La llamada escalera colgante, fue para mi subir ese escalón que en muchas ocasiones postergamos y suplimos por otro tipo de actividades. Debido a su nivel de “complejidad” o temor de lanzarnos o en este caso, subir el escalón para descubrir las maravillas del poder mental, habilidad corporal y la valentía de enfrentar un nuevo reto con las capacidades que la mayoría poseemos pero que por creencias distorsionadas dudamos de poder realizarlo.

Quebrada Javielina en Angelópolis, Antioquia.

Posterior a la escalada, nos esperaba una tras otra cascada con una temperatura cercana a los 12 cº, las cuales penetraban directamente en nuestro pecho y espalda con su fuerza, potencia, pero al mismo tiempo con la disposición de brindarnos una experiencia mágica debajo de sus abruptos chorros. Respirando hondo, generando pensamientos positivos, serenidad y paz en nuestro interior.

Al finalizar esta maravillosa travesía comprendes el valor de la solidaridad, el ayudar al otro a poder lograr esa situación que realizándolo solo le puede generar un poco más de dificultad que los demás, aprendes a ser más paciente, comprendes que cada uno lleva un ritmo y una forma de ver, pensar y sentir la vida. En lo personal, interiorizas las enseñanzas de la montaña, lo pequeños que somos en contraposición a la inmensidad de la naturaleza, la fuerza que trae consigo el agua, la libertad de las aves, el olor al aire fresco que nos deja cada suspiro. Y el corazón lleno de paz, la mente en perspectiva de cambio, tu cuerpo cansado y dispuesto para la próxima aventura.

Escrito por: Ana Isabel Herrera Ochoa

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *