Una carta de Medellín a quien la habita

Medellín desde las laderas

Esta vez no he sido yo quien escribió esta carta, ha sido Medellín quien en un intento de protagonismo ha tocado a mi puerta y dejó al descubierto unas pocas memorias y sensaciones de ella misma. Me confió también estas palabras para hacérselas llegar a quien me leyera. Dice así:

Mucho gusto. 

Medellín.

Cuna de bullicio y mujeres a admirar.

Mido 1.75mts y en mis piernas llevo tatuadas las estrías del caminar y mi constante resignación por comer sin desmedida. Mi cabello roza mi cintura y lo llevo de color negro, que combina con mis finos labios que de vez en cuando, pinto con firmeza de rojo pasión. 

El color de mis ojos se lo debo a la oscuridad de la noche en donde estoy siempre atenta y mis ojeras confirman el trasnocho del que soy víctima cuidando a quienes caminan sin rumbo, apeteciendo la calma de la estridente noche que acecha todos los días el barrio. 

Mis ojos expresan desasosiego, compasión y dolor. En ellos se ven reflejadas la cantidad de almas que me han arrebatado en mi vida. No lo niego, he perdonado pero no olvido la sangre que fue derramada delante de mi cuerpo.

Personajes de la Plazuela de San Ignacio – Medellín

He dado un paso adelante…

No quiero cambiar lo que mis montañas me prometen. Vida. Paz. Y mucha alegría. 

Alguna vez he llegado a imaginar cosechas de frutas en los árboles que habitan en mis calles y sin excepción alguna, los frutos serían libres y corretearían las calles en busca de bocas sedientas y gustosas por ellos. No habrían normas. No habrían prohibiciones, solo la dicha de comer para aquellos que no lo pueden todos los días. 

Imagino también, que quien me habita no viva para trabajar sino que su trabajo lo hagan para vivir plenamente y con las comodidades justas que son al fin y al cabo, derecho para todos.

¿Qué estaría leyendo? ¿Qué le preocupa a la chica?

Esto me recuerda mis mañanas

El sol despertándome por las ventanas de mis montañas, en donde su luz se refleja y para aquellos que tienen el privilegio de contemplarla temprano queden absortos por tanta belleza. Aquellos son los más valientes, pues se me adelantan al despertar -aunque soñolientos- a trabajar.

Don José, es mi mejor ejemplo. Lo siento levantarse todas las mañanas a eso de las 4:00am para ir a la mayorista a cargar un bulto de papas en su espalda para tenerlo disponible al público a las 8:00am. Él me contó que se siente más vivo que nunca con sus 60 años que lleva en sus manos y en sus cabellos con matices grises que cuelgan de su cabeza.

-No me duele nada- afirma Don José, agradecido por su salud después de tantos años de lucha. 

Al igual que él, no tendría espacio para mencionar a los intrépidos que día a día se “rebuscan” la panela y el pan para alimentar a su familia.

Laborando en el Centro de Medellín

Y es que eso define a todas las personas que me habitan…

Que nacieron en estas tierras verdes y florecidas: personas gentiles, ávidas, certeros y echados pa’delante, porque para atrás, ni para coger impulso, como dice Doña Tere, la vecina del barrio más atenta y risueña. 

Rostros de Medellín
Placita de las flores – Medellín

La mañana es el momento que más disfruto en el día, porque despierto con el aroma de buñuelo fresco y recién sacado de la olla, un olor grasiento pero que aliviana el apetito mañanero con un café oscuro para acompañarlo.

Esta es una de las razones de encuentro a tan temprana hora del día de vecinos y compadres en la tienda de la esquina. Y que no falte la arepa de huevo y las empanadas de carne con arroz calientes para llevar de camino al trabajo. 

Por otro lado, si me preguntaran por el medio de transporte que más me enorgullece, sin duda alguna, sería el metro, porque me recorre de polo a polo, sin desvíos ni juegos, solo estaciones que se alimentan de personas y que permite que me conozcan desde las casas hechas de retazos de madera y aluminio en sus techos, frágiles en sus fachadas, fuertes en sus adentros, ubicadas en las laderas, donde se forman las montañas y a donde algunos no quisieran visitar.

Están también los edificios altos, quizás firmes pero con vistas que adormecen, que alejan, del bullicio y las personas.

Tranvía de Medellín
Tranvía de Medellín

El metro

Es sin duda la arteria que impulsa vida y sentido al corazón de mi ciudad, quienes lo utilizan lo disfrutan pero lo maldicen a eso de la hora pico. 

Por eso, me gusta transitar en bicicleta y ver cómo otras personas se están sumando a esto: a calles libres… de humo y de personas al volante sin respeto alguno. 

Por eso me entusiasma, cuando veo a las personas rodando en bicicletas de todos los tipos y motivos. Altas, grandes, adornadas, eléctricas o coloridas. Considero que no hay mejor manera de estar atento en el mundo, que ir sobre una bicicleta con los 5 sentidos encendidos y puestos al volante.

Pues reconoces los olores sórdidos, inmundos y a los hombres y mujeres que apestan a sudor y ropa sucia. Pero también percibes aromas placenteros que emiten los árboles, las orquídeas y los locales de la ciudad.

Placita de flores – Medellín

Y es que hay personas de personas

Unas cálidas y otras de carácter fuerte. Unas despiertas y otras soñolientas en las calles o en recintos cerrados. Con cólera o sensibles. Con vida y otras muertas en vida. Unas con salud recurrente y otras con visita al médico frecuente. 

Pero de lo que si estoy segura es la cantidad de personas perseverantes que me habitan, eso lo he descubierto únicamente con mi caminar, por ser inquieta, por perseguir cuerpos en la calle para fotografiar o sueños de otras personas a quienes escuchar.

Mi favorita.

Hago este pequeño recorrido por algunos de los aspectos que me caracterizan, porque quiero que también los reconozca quien los lea y se sienta dueño de estas descripciones vagas pero sinceras.

Quisiera que quien me habitara, encontrara una razón para conocerme, quizá mi historia sea suficiente, o la cantidad de lugares a visitar que me pertenecen. Y no se quedara en casa, cuando no encuentra nada que hacer, que especule pero que se atreva a aprender: caminando y observando. 

Así como los profesionales se forman en las aulas, las personas se forman en la calle. 

Esta es una invitación de la ciudad a quien la habita, a quien conoce más que nadie qué hace falta, y hace falta personas que conozcan lo propio y que se lo crean y creen grandes cosas a partir de esto: de lo que les pertenece.

Atentamente,

Medellín.

«Medellín estaba encerrada por dos brazos de montañas. Un abrazo topográfico que nos encierra a todos en un mismo espacio. Siempre se sueña con lo que hay detrás de las montañas aunque nos cueste desarraigarnos de este hueco; es una relación amor y odio, con sentimientos más hacia una mujer que hacia una ciudad. Medellín es como esas matronas de antaño, llena de hijos, rezandera, piadosa y posesiva, pero también es madre seductora, puta, exuberante y fulgurosa.

El que se va vuelve, el que reniega se retracta, el que la insulta se disculpa y el que la agrede las paga. Algo muy extraño nos sucede con ella, porque a pesar del miedo que nos mete, de las ganas de largarnos que todos alguna vez hemos tenido, a pesar de haberla matado muchas veces, Medellín sigue ganando».

Jorge Franco

1 comentario en “Una carta de Medellín a quien la habita”

  1. ANA MARIA CADAVID

    que articulo !!!!! muy cierto… el que reniega se retracta!! ya me ha pasado cuando he estado lejos de mi ciudad.. esta ciudad cautiva de una manera 😍😜 para los que no la conocen vale la pena recorrerla y visitar la cantidad de sitios hermosos que tiene , ademas la amabilidad que nos caracteriza👌 y su gastronomia.. … Eavemaria Pues Amo a Medellín!!!

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