Cuando creíamos no poder viajar, más lo hicimos.

Ahora que todo empieza a reorganizarse y las piezas intentan tomar su lugar forzosamente, comparto la idea de que los viajes no solo ocurren en lugares externos, también se viaja cuando dentro de ti las emociones se mueven de un lugar a otro, o quizá, se revuelcan como un volcán que se enciende y vuelve a apagarse de nuevo.

En medio de la pandemia, comprendí que para viajar no se necesita ir muy lejos, solo hay que mirar dentro.

Este texto, se escribió para recapitular en pocas palabras, el viaje desde el hogar.  

Una nueva mirada a los viajes

Podemos perder la cuenta de las veces que planeamos un viaje este año. Cuando a finales del 2019 soñábamos con la maleta y un equipaje lleno de sueños por cumplir en lugares donde lo único que desearíamos es perdernos y no tener miedo de hacerlo.  Han sido muchos los aviones en los que deseábamos habernos sentado con esa sensación en el estómago –casi imperceptible- de un vacío que te avisa que algo está por suceder.

Los viajes se han convertido en el último destino que queremos conocer este año. Ya nos convencimos –o nos convencieron las cifras- que no lo lograremos y ahora todo hay que postergarlo. Y con un remilgo, lo aceptamos.

Han sido días de cuestionarme qué significa ahora viajar o qué ha sido eso que nos mueve a viajar y que aún después de perder todas las esperanzas, nos mueve a seguir pensando en lugares insólitos, playas paradisiacas y elevadas montañas.

¿Será que lo que nos pertenece no son los lugares sino lo que sentimos cuando estamos en ellos?

De ser así, viajar significaría otra cosa. Y el simple hecho de moverse y transitar a otro lugar ahora debería estar reemplazado por dejar intactas las emociones y reconectarnos con esos sentimientos de euforia, ansias y regocijo que sentimos cuando viajamos.

Por eso creo que, el proceso que implica un viaje va más allá de querer irse. Ahora no podemos ¿Entonces qué hacemos?

Nos movemos por dentro.

Aunque suene a tripas retorcidas y sangre corriendo a cántaros, los viajes empiezan cuando tú decides cambiar y hacer de lo que tienes a tu alrededor, el viaje más excitante posible.

Viajar como lo hacen las nubes

Es reconocer que cada persona tiene un cielo diferente dentro de sí misma, es darse cuenta que las tormentas también llegan y pasan conforme uno las acepta y les da también, la bienvenida.

Hay huracanes que se forman en el cielo, que como en el alma de cada uno de nosotros, nos demuestran de qué estamos hechos. Que si bien, la rabia, el orgullo, la impotencia, la tristeza, se unen para arrasar con casi todo lo que nos pertenece y que, como un vendaval, se cree que no hay retorno; hoy puedo decir, que sí es posible regresar ileso.

Estos tiempos de aislamiento nos han permitido movernos por dentro y darnos cuenta, una vez por todas que la vulnerabilidad es posible pero que también es importante. Por eso, muchas personas han sufrido viajes dolorosos en estos momentos, de los cuales, aunque no creas también hay salida.

A lo que voy con esto es que todas esas emociones que como nubes que pintan el cielo raso, frío y oscuro, también hay que darles la oportunidad de sentirlos, vivirlos y aceptarlos en todo su potencial. Al fin y al cabo, los días con un cielo resplandeciente, vívido y fugaz, también llegan.

Permitámonos viajar a través de las emociones, de unas que están más encendidas que otras; porque los viajes, al fin y al cabo, se empiezan a sentir cuando tomamos la decisión de hacerlo, cuando sentimos en nuestro estómago unas cosquillas que se mueven y juguetean en el interior, sintiendo al fin, que estás próximo a viajar.

Activar los sentidos para poder viajar

Desde mi punto de vista y en un intento por desafiar la realidad, quiero explorar los viajes desde cualquier parte y ese manifiesto de “viajar es cuando sales del país y cruzas el océano”; he descifrado que los viajes requieren de 1. Tu disposición 2. De hacerlo realidad y dentro de la primera se encuentra la posibilidad de estar atento a lo que pasa a tu alrededor.

Esto implica, activar los sentidos y desde casa, por estos días he intentado hacer el experimento de lograr vivir la cotidianidad como si estuviese en un viaje. Como si mi cuerpo estuviera en otro lugar pero que estando en un mismo lugar, se siente igual. De alguna forma, tengo que bajar las revoluciones a ese deseo de moverme y querer habitar en otros espacios.

Gracias a ello descubrí nuevas voces. Nuevas para mí y para la realidad que ahora vivimos. Pero que siempre han estado allí y el afán de vivir las habían disfrazado de alguna forma.

Voces que, con mayor intensidad en las mañanas, pero que trascurrían todo el día, se escuchan pasando por la cuadra. Gritan hasta lograr que alguien salga al balcón y cumpla con su cometido: compren alguna fruta o en su defecto, vegetales, para disfrutar según ellos “en el almuerzo como buen acompañante o en las mañanas como jugo para tener un buen semblante”.

Del avión al papel

Hay pocos objetos con los que se pueden hacer muchas cosas. El papel es uno de ellos. Se escribe, se pinta, se juega y hasta se viaja, si así lo deseas. Creería igual, que los viajes –en su mayoría- se hacen por voluntad propia y por un deseo ínfimo de querer hacerlo.

Cuando tenemos al papel como acompañante, podemos llegar a hundirnos y sabernos eternos en las palabras que como narradoras cuentan e inventan viajes lejanos y soñados.

Desde que el mundo se paralizó y los balcones eran el único lugar donde eran aceptados músicos, aplausos, cantantes, deportista y viajeros que miraban al cielo y podían transportarse a otro lugar. Desde ese momento, donde la calma era rescatada de vez en cuando y todo parecía en su lugar, mi mano encontró un lugar para poder moverse como el cuerpo ahora no podía: El papel.

La escritura ha permeado cada parte de lo que me pertenece y sobre todo, en tempranas horas de la mañana. Es como un ritual de esos como cepillarte los dientes, que sientes que necesitas. He revivido momentos que guardo en mi libreta y que nadie más lo sabe. Viajes, aventuras, suspiros que solo un lugar desconocido me regala.

Por eso es que, el avión no es el único medio que te lleva a algún lugar. Yo pensaba que no iba a poder viajar durante este tiempo. Pero cuando uno revive el pasado o al menos, anhela algo con tanta fuerza, se conecta con las pequeñas partículas que hacen los viajes, el mejor estado para habitar.

Observar-se

Por último, el hecho de no poder transitar a otros lugares en donde casi siempre, se buscan nuevas emociones y sensaciones, nos han permitido volver a lo que somos y ser observadores de lo que nos habita dentro de cada uno.

Observarnos como cuando estamos conociendo otro lugar, cuando llegamos a él y creemos haber visto algo singular, o si, al contrario, al observarlo nos sentimos decepcionados (cuando las expectativas son mayores que la realidad). Observarnos es quizá, la forma más sutil para aceptar lo que somos y de qué estamos hechos.

En mi caso –no sé si sea la única- pero este tiempo las emociones saltaban sin permiso de un lugar a otro; días en el más alto júbilo y otros cabizbajos y sin querer ser. Pero de esto se trata, ser conscientes de lo que está sucediendo dentro de nosotros para que la raíz crezca con mayor valentía y se recupere con mayor fortaleza.

Si pronto volvemos a viajar, que lo que aprendimos de cada uno en este tiempo, nos permita descubrir el mundo con ojos más libres y sensatos.

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