Guatapé – De la Serie Andanzas a Pie

Autor: Santiago Zapata Serna

La bóveda celeste es una maravilla que infortunadamente, para quienes vivimos en la ciudad, estamos privados de observar a diario. Nos contamina la polución, nos aturde el ruido y nos condena el afán. No es así para quienes viven lejos de esta selva de cemento. Allá en el campo, en los pueblos de nuestra región y a lo largo y ancho de las montañas que nos rodean podemos alzar la mirada y quedar atrapados en miles de conglomerados de estrellas, de cuerpos celestes y nebulosas de coloridas presentaciones. Lo anterior lo descubrí en este viaje a Guatapé.

Viajar siempre será una maravilla, exponerse a la novedad de un lugar desconocido de la mano de personas que terminan haciéndose amigos no tiene precio. Asimismo, librarse del miedo de hacer algo por primera vez es quitarse un peso de encima y asumir una valentía y sensación de placer que no tiene comparación. En este viaje padecí de ambas sensaciones. La invitación era clara, acampar rodeado de la naturaleza y alejado de lo común; sin celular…sin televisión…sin las distracciones de lo que no tiene importancia, pero aún a diario nos quita nuestro tiempo.

El viaje comenzaba con un paseo en planchón. Tras unos cuantos minutos mientras dejábamos a tras aquel pedazo de piedra que se asomaba a lo lejos, llegamos a una isla en medio de la reserva de Guatapé.  Escondidos y aislados, nos encontrábamos en un pedazo de terreno que por algunas horas llamaríamos “hogar”. Corrimos a armar el cambuche previo al ocaso y la llegada de la noche. Una noche que pronto nos envolvió en una oscuridad que caracteriza estar rodeado de lo natural con una tenue iluminación que servía escasamente para vernos el uno al otro. Tras garantizar un techo bajo el cual dormir, a semejanza de los ágapes de antaño, nos sentamos a compartir. Nos revelamos ante los demás, contando que hacíamos y más importante aún por qué estábamos ahí. Una razón en común era la búsqueda de una escapatoria. Queríamos huir, desconectarnos del diario vivir y estar en paz, desligados de toda responsabilidad que en casa nos esperaba.

Luego de compartir como grupo, nos separamos, cada uno buscaba su espacio mientras la tierra giraba y el cielo se iluminaba cada vez más de luz natural. Unos cuantos buscamos un lugar privilegiado para la contemplación, acostados nos perdimos en una película improvisada que cada noche trae un estreno particular. Fue ahí que perdido en mi imaginación y viajando a través del tiempo pude trazar las imágenes que nuestros antepasados dibujaban en lo alto, recordé la historia de las Tres Marías (también llamado el Cinturón de Orión) y los relatos ancestrales y mitológicos de los griegos, a quienes debemos gran parte de la historia detrás de las 88 constelaciones que esconde nuestro cielo. Vimos estrellas fugaces, cada uno pidiendo su propio deseo esperanzado en mitos que dan sentido a este tipo de experiencias pues, al fin y al cabo, el universo no está hecho de átomos sino de historias.  Al final, charlamos de todo y nada, sonreímos y nos dejamos invadir no de un virus sino de la alegría y el leve escalofrío que padecimos mientras descansábamos en aquel lugar. Sin embargo, el momento no era eterno, La noche nos venció y el descanso apremiaba.

El amanecer fue especial, quienes disfrutamos de las primeras horas del día reconocemos lo valioso de aquel silencio sepulcral. Poco a poco me dio la oportunidad de notar el sonido al respirar, del suave rozar del viento contra las cupulas de los árboles cercanos y aquel aleteo de las aves que, junto a su cántico me inundaban de vida. A lo lejos se asomaba el sol mientras la luna se escondía. Aquellos primeros rayos del día pintaron el cielo de anaranjadas nubes mientras el agua reflejaba espléndidamente una obra de arte imposible de replicar.  

El día avanzó rápidamente, meditamos a primera hora en una sesión de yoga en una escenografía propia para la ocasión y luego disfrutamos de salidas en kayak que a más de uno dejó asolados y con el ejercicio resuelto por el resto de la semana. El tiempo en el paraíso había culminado, era hora de regresar. Viajamos al pueblo de nuevo en los planchones representativos de Guatapé y en ese mecer sobre el agua, recuerdo cerrar los ojos una vez más para soñar del día anterior.

En el pueblo poco compartimos, éramos libres para deambular por las calles coloridas de Guatapé y observar sus famosos zócalos y callejones de artesanías y curiosidades. En aquel tiempo libre terminé en un café, aquel refugio en el cual siempre me siento pleno y feliz. Al estilo montañero pedí un tinto con panela y me perdí en mi pensamiento. Rodeado de caras conocidas que a hoy considero como amistades, agradecí. Daba gracias por el viaje, por la oportunidad que me dio para vivir una experiencia nueva y afrontar situaciones que para mi eran novedades. Y ahora agradezco por ser la inspiración para estas cuantas palabras escritas sin tinta que espero, sean inspiración para ti quien lee para vivir esta experiencia y otras tantas que ofrece Lápiz Viajero.

Escrito por: Santiago Zapata Serna

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